viernes, 11 de junio de 2010

Aprendices

“¿Cómo llegaron a ser aprendices?”

“Rosaura fue su primera aprendiz. La descubrió una mañana; él se había detenido ante una casa ruinosa en los cerros. Nadie había a la vista, pero desde muy temprano había visto presagios que lo guiaban hacia esa casa. La brisa se había ensañado con él terriblemente. Ni siquiera podía abrir los ojos cada vez que intentaba alejarse del lugar. De modo que cuando dio con la casa supo que algo había. Miró debajo de una pila de leña menuda y halló una niña. Estaba muy enferma. A duras penas alcanzaba a hablar, sin embargo, se las compuso para decirle que no necesitaba ayuda de nadie. Iba a seguir durmiendo allí, y, si no despertaba más, nadie perdería nada. Al Naualli le gustó su talante y le habló en su lengua. Le dijo que iba a curarla y cuidar de ella hasta que volviera a sentirse fuerte. Ella se negó. Era pobre y sólo había conocido infortunios y dolor. Contó al Naualli que ya había tomado todas las medicinas que sus padres le habían dado y ninguna la aliviaba.

“Cuanto más hablaba, más claro le resultaba al Naualli que los presagios se la habían señalado de modo muy singular. Más que presagios, eran órdenes. El Naualli alzó a la niña, la cargó a hombros, como si se tratase de un bebé, y la llevó donde Loreto. Loreto preparó medicinas para ella. Ya no podía abrir los ojos. Sus párpados no se separaban. Los tenía hinchados y recubiertos por una costra amarillenta. Se estaban ulcerando. El Naualli la atendió hasta que estuvo bien. Ya curada, cosa que le llevó cerca de un año, el Naualli quiso devolverla a sus padres, pero la niña se negó y, en cambio, se fue con él.

“Entonces, un día en que el Naualli estaba de visita en casa de Celestino, una gente llevó a una muchacha trastornada, una muchacha que no hacía sino llorar. Tomaron al Naualli por Celestino y pusieron a la niña en sus manos. El Naualli contó que la niña corrió y se aferró a él como si lo conociese. El Naualli dijo a sus padres que debían dejarla con él. Estaban preocupados por el precio, pero el Naualli les aseguró que les saldría gratis. Imagino que la niña representaría tal dolor de cabeza para ellos que poco debía importarles abandonarla.

“El Naualli la llevó con Loreto. ¡Qué infierno! Estaba francamente loca. Ésa era Magaly. El Naualli dedicó años a curarla. Pero aún hoy sigue más loca que una cabra. Andaba, desde luego, perdida por el Naualli, y hubo una tremenda batalla entre Magaly y Rosaura. Se odiaban. Pero a Loreto le caían bien las dos. El Naualli, al ver que así no podían seguir, se puso muy firme con ellas. Como sabes, el Naualli es incapaz de enfadarse con nadie. De modo que las aterrorizó mortalmente. Un día, Magaly, furiosa, se marchó. Había decidido buscarse un marido joven. Al llegar al camino encontró un pollito. Acababa de salir del cascarón y andaba perdido por en medio de la carretera. Magaly lo alzó, imaginando, puesto que se hallaba en una zona desierta, lejos de toda vivienda, que no pertenecía a nadie. Lo metió en su blusa, entre los pechos, para mantenerlo al abrigo. Magaly me contó que echó a correr y, al hacerlo, el pollito comenzó a moverse hacia su costado. Intentó hacerlo volver a su seno, pero no logró atraparlo. El pollito corría a toda velocidad por sus costados y su espalda, por dentro de su blusa. Al principio, las patitas del animal le hicieron cosquillas, y luego la volvieron loca. Cuando comprendió que le iba a ser imposible sacarlo de allí, volvió a Loreto, aullando, fuera de sí, y le pidió que sacase la maldita cosa de su blusa. La desvistieron, pero fue inútil. No había allí pollo alguno, a pesar de que ella no dejaba de sentir sus patas, en uno y otro lugar de su piel.

“Entonces llegó el Naualli y le dijo que sólo cuando abandonara su viejo ser el pollito se detendría. Magaly estuvo loca durante tres días y tres noches. El Naualli aconsejó atarla. La alimentaron y la limpiaron y le dieron agua. Al cuarto día se la vio muy pacífica y serena. La desataron y se vistió, y cuando estuvo vestida, tal como lo había estado el día de su fuga, el pollito salió. Lo cogió en su mano, y lo acarició, y le agradeció, y lo devolvió al lugar en que lo había hallado.

“Desde entonces, Magaly no molestó a nadie. Aceptó su destino. El Naualli es su destino; sin él, habría estado muerta. ¿Por qué tratar de negar o modificar cosas que no se puede sino aceptar?

“Rosaura fue la siguiente. Se había asustado por lo sucedido a Magaly, pero no había tardado en olvidarlo. Un domingo al atardecer, mientras regresaba a la casa, una hoja seca se posó en el tejido de su rebozo. La trama de la prenda era muy débil. Trató de quitar la hoja, pero temía arruinar el rebozo. De modo que esperó a entrar a la casa y, una vez en ella, intentó inmediatamente deshacerse de ella; pero no había modo, estaba pegada. Rosaura, en un arranque de ira, apretó el rebozo y la hoja, con la finalidad de desmenuzarla en su mano. Suponía que iba a resultar más fácil retirar pequeños trozos. Se escuchó un chillido exasperante y Rosaura cayó al suelo.

“Corrieron hacia ella y descubrieron que no podía abrir el puño. La hoja le había destrozado la mano, como si sus pedazos fuesen los de una hoja de afeitar. Loreto y Magaly la socorrieron y la cuidaron durante siete días. Rosaura era la más testaruda de todas. Estuvo al borde de la muerte. Y terminó por arreglárselas para abrir la mano. Pero sólo después de haber resuelto dejar de lado su viejo talante. De vez en cuando aún siente dolores, en todo el cuerpo, especialmente en la mano, debido a los malos ratos que su temperamento sigue haciéndole pasar. El Naualli advirtió a ambas que no debían confiar en su victoria, puesto que la lucha que cada uno libra contra su antiguo ser, dura toda la vida.

“Magaly y Rosaura no volvieron a reñir. No creo que se agraden mutuamente”.

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miércoles, 9 de junio de 2010

La fractura entre los mundos

“¿Quieres decir que no sabías que Rosaura era aprendiz de don Gaspar?”

No, no lo sabía.

“Era la aprendiz más antigua de don Gaspar. Saltó antes que tú, y lo hizo sola”.

En ese momento me preguntaba por qué don Gaspar nunca me había dicho nada acerca de Rosaura. ¿Quién sabe? Alguna razón habrá tenido. El Naualli jamás hizo nada sin pensarlo cuidadosamente. Tuve que apoyar mi espalda dolorida contra la banca.

¿Qué sucedió con Rosaura?

“Lo está haciendo muy bien. Tal vez sea la mejor de todas. La verás. Está con Loreto y con Alvina. Ahora son inseparables. Lo mismo ocurre con la Mescalera y Yolanda; son inseparables porque llevan la marca del Naualli”.

Dilian me examinó con cierta curiosidad.

“El viento acaba de hacerme saber que no crees NADA de lo que te estoy contado” dijo, y rompió a reír.

El viento tiene razón, le respondí, en tono cortante.

“Las niñas que has estado viendo a lo largo de los años son las del Naualli. Eran sus aprendices. Ahora que el Naualli se ha ido, son el Naualli mismo. Pero también son hermanas de Magaly. ¡Suyas! Y al decir que son suyas, es porque el Naualli las dejó a su cuidado”.

Pasé largo rato contemplando a Dilian.

“Magaly y Yolanda me pusieron sobre aviso por lo que hace a tus rarezas todo el tiempo, pero no había logrado entender, el significado de sus palabras. Ahora sí. Me dijo que tuviese cuidado y no te provocara porque eras violento. Lamento no haber sido todo lo cuidadosa que debía. También me dijo que, mientras te dejasen escribir, podías llegar al propio infierno sin siquiera darte cuenta. En cuanto a eso, no te he molestado. Luego me dijo que eras suspicaz porque te enredabas en las palabras. Tampoco en cuanto a eso te he molestado. He hablado hasta por los codos, tratando de que no te enredaras”.

Había una tácita acusación en su tono. En cierta forma, el estar irritado con ella me hizo sentir incómodo.

Lo que me estás diciendo es muy difícil de creer. O tú como los demás o don Gaspar, algunos me han mentido terriblemente.

“Ninguno te ha mentido. Tú sólo entiendes lo que quieres. El Naualli decía que esa era una de las características de tu vaciedad. Las niñas son las hijas del Naualli, del mismo modo en que tú y Pablo lo son. Hizo seis hijos, cuatro hembras y dos varones. Celestino hizo tres varones. Son nueve en total. Uno de ellos, Fidencio, ya se ha ido”.

¿A dónde se fue Fidencio?

“Fue a reunirse con el Naualli y con Celestino”.

¿Y a dónde fueron el Naualli y Celestino?

“Tú sabes dónde fueron. Me estás tomando el pelo, ¿no?”

Esa es la cuestión, Dilian. No te estoy tomando el pelo.

“Entonces te lo diré. No puedo negarte nada. El Naualli y Celestino regresaron al lugar del que vinieron, el otro mundo. Cuando se les agotó el tiempo se limitaron a dar un paso hacia la oscuridad exterior y, puesto que no deseaban volver, la oscuridad de la noche se los tragó”.

Me parecía inútil hacerle más preguntas. Iba a cambiar de tema, cuando se me adelantó a hablar.

“Tuviste una vislumbre del otro mundo en el momento de saltar, según me dijo Magaly. Pero es posible que el salto te haya confundido. Una lástima. Eso nadie lo puede remediar. Es tu destino ser un hombre. Las mujeres están mejor que los hombres en ese sentido. No están obligadas a arrojarse a un abismo. Las mujeres cuentan con otros medios. Tienen sus propios abismos. Las mujeres menstrúan. El Naualli me dijo que esa era su puerta. Durante la regla se convierten en otras cosas. El Naualli insistía en que las niñas estuviesen atentas a todo lo que les sucediese en ese momento. Las llevaría a los cerros durante esos días y se quedaría junto a ellas hasta que viesen la fractura entre los mundos.

“El Naualli, que no tenía escrúpulos ni sentía miedo ante nada, las acuciaba sin piedad para que llegasen a descubrir por sí mismas que hay una fractura en las mujeres, una fractura que ellas disfrazan muy bien. Durante la regla, no importa cuán bueno sea, su disfraz se desmorona y quedan desnudas. El Naualli impelió a las niñas a abrir esa fractura hasta que estuvieron al borde de la muerte. Lo hicieron. Él las llevó á hacerlo, pero tardaron años.

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lunes, 17 de mayo de 2010

Nahui Nahualtin

"Tras torcer mi cabeza aquel terrible primer día, el Naualli se encontró con que me tenía en sus manos. Me dijo que no tenía idea de qué hacer conmigo. Pero una cosa era segura: no quería que una mujer gorda anduviera fisgoneando en su mundo. El Naualli decía que se había sentido frente a mí del mismo modo que frente a Fidencio. Desconcertado. Ninguno de los dos debía estar allí. Bien mirado, ambos éramos inútiles. Y míranos. Algo ha de haber sucedido.

"Una mujer, por supuesto, es mucho más flexible que un hombre. Una mujer cambia muy fácilmente con el poder de un mescalero. Especialmente con el poder de un mescalero con el Naualli. Un aprendiz varón, según el Naualli, es mucho más problemático. Por ejemplo, Fidencio cambió tanto como la Mescalera, y ella inició su aprendizaje mucho más tarde. La mujer es más dúctil y más dócil; y, sobre todo, una mujer es como un guaje: recibe. Pero, de todos modos, un hombre dispone de más poder. No obstante, el Naualli nunca estuvo de acuerdo con eso. Él creía que las mujeres eran inigualablemente superiores. También creía que mi impresión de que los hombres eran mejores se debía a mi condición de mujer vacía. Debía tener razón. Llevo tanto tiempo vacía que ni siquiera recuerdo qué se siente cuando se está llena. El Naualli decía que si alguna, llegaba a estar llena, mis sentimientos al respecto variarían. Pero si hubiese tenido razón, su Mescalera habría tenido tan buenos resultados como Fidencio, y, como sabes, no fue así".

No podía seguir el curso de su narración debido a su convicción de que yo sabía a qué se estaba refiriendo. En cuanto a lo que terminaba de decir, yo no tenía la menor idea de lo que había hecho Fidencio ni la Mescalera.

"¿En qué sentido se diferenció la Mescalera de Fidencio?" Le preguntó Dilian a Magaly. Ella la contempló durante un instante, como midiéndola. Luego se sentó con las rodillas recogidas contra el pecho.

"El Naualli me lo dijo todo. No tuvo secretos para mí. Fidencio era el mejor; es por eso que ahora no está en el mundo. No regresó. A decir verdad, era tan bueno que ni siquiera tuvo qué arrojarse a un precipicio al terminar su aprendizaje. Fue como Celestino; un día, cuando trabajaba en el campo, algo llegó hasta él y se lo llevó. Sabía cómo dejarse ir".

"¿Saltar a un abismo? Eso me parece demasiado inverosímil para ser real".

"Ese es el mundo del Naualli, sin duda. Nada en él es real. Él mismo me dijo que no creyera nada. Pero, a pesar de todo, los aprendices varones tienen que saltar. A menos que sean verdaderamente magníficos, como Fidencio. El Naualli nos llevó, a mí y a la Mescalera, a la Cueva de las Flores y nos hizo mirar al fondo del precipicio. Allí nos demostró la clase voladora de Naualli que era. Pero sólo la Mescalera podía seguirlo. Ella también deseaba saltar al abismo. El Naualli le dijo que era inútil. Dijo que los mescaleros femeninos deben hacer cosas más penosas y más difíciles que esa. También nos dijo que el salto estaba reservado a otros cuatro. Y eso fue lo que sucedió, los cuatro saltaron".

"¿De qué estás hablando?"

"Me refiero a Yef, Yolanda, Pablo y Rosaura, saltaron el mismo día".

"¿Rosaura? ¿Quién es ella?"

"¿No la conoces? Fue una aprendiz de don Gaspar…" Yo igual quedé perplejo, nunca había escuchado el nombre de Rosaura entre los mescaleros.

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martes, 11 de mayo de 2010

Kanp'éel iik'o'ob [Cuatro vientos]

"Un día, cuando nos encontrábamos en las montañas de su tierra natal, escuché el viento por primera vez. Penetró directamente en mi matriz. Yo yacía sobre una piedra plana y el viento giraba a mi alrededor. Ya lo había visto ese día, arremolinándose en torno de los arbustos; pero esa vez llegó a mí y se detuvo. Lo sentí como a un pájaro que se hubiese posado sobre mi estómago. El Naualli me había hecho quitar toda la ropa; estaba completamente desnuda, pero no tenía frío porque el viento me abrigaba".

¿Tenías miedo, Magaly?

"¿Miedo? Estaba petrificada. El viento tenía vida; me lamía desde la cabeza hasta la punta de los pies y se metía en todo mi cuerpo. Yo era como un balón, y el viento salía de mis oídos y mi boca y otras partes que prefiero no mencionar. Pensé que iba a morir, y habría echado a correr si el Naualli no me hubiera mantenido sujeta a la piedra. Me habló al oído y me tranquilizó. Quedé allí tendida, serena, y dejé que el viento hiciese de mí lo que quisiera. Fue entonces que el viento me dijo qué hacer".

¿Qué hacer con qué?

"Con mi vida, mis cosas, mi habitación, mis sentimientos. En un principio no me resultó claro. Creí que se trataba de mis propios pensamientos. El Naualli me dijo que eso nos sucede a todos. No obstante, cuando nos tranquilizamos, comprendemos que hay algo que nos dice cosas".

¿Oíste una voz?

"No. El viento se mueve dentro del cuerpo de la mujer. El Naualli dijo que se debe a que tenemos útero. Una vez dentro del útero, el viento no hace sino atraparte y decirte que hagas cosas. Cuanto más serena y relajada se encuentra la mujer, mejores son los resultados. Puede decirse que, de pronto, la mujer se encuentra haciendo cosas de cuya realización no tiene la menor idea. Desde ese día el viento me llegó siempre. Habló en mi útero y me dijo todo lo que deseaba saber. El Naualli comprendió desde el comienzo que yo era el viento del Norte. Los otros vientos nunca me hablaron así, a pesar de que he aprendido a distinguirlos".

¿Cuántos vientos hay?

"Hay cuatro vientos, como hay cuatro direcciones. Esto, desde luego, en cuanto a los mescaleros y aquellos que los mescaleros hacen. El cuatro es un número de poder para ellos. El primer viento es la brisa, el amanecer. Trae esperanza y luminosidad; es el heraldo del día. Viene y se va y entra en todo. A veces es dulce y apacible; otras es impertinente y molesto.

"Otro viento es el viento violento, cálido o frío, o ambas cosas. Un viento de mediodía. Sus ráfagas están llenas de energía, pero también llenas de ceguera. Se abre camino destrozando puertas y derribando paredes. Un mescalero debe ser terriblemente fuerte para detener al viento violento.

"Luego está el viento frío del atardecer. Triste y molesto. Un viento que nunca le deja a uno en paz. Hiela y hace llorar. Sin embargo, el Naualli decía que hay en él una profundidad tal que bien vale la pena buscarlo.

"Y por último está el viento cálido. Abriga y protege y lo envuelve todo. Es un viento nocturno para los mescaleros. Su fuerza está unida a la oscuridad.

"Ésos son los cuatro vientos. Están igualmente asociados con las cuatro direcciones. La brisa es el Este. El viento frío es el Oeste. El cálido es el Sur. El viento violento es el Norte.

"Los cuatro vientos poseen también personalidad. La brisa es alegre y pulcra y furtiva. El viento frío es variable y melancólico y siempre meditabundo. El viento cálido es feliz y confiado y bullicioso. El viento violento es enérgico e imperativo e impaciente.

"El Naualli me dijo que los cuatro vientos eran mujeres. Es por ello que los mescaleros femeninos los buscan. Vientos y mujeres son semejantes. Ésa es asimismo la razón por la cual las mujeres son mejores que los hombres. Diría que las mujeres aprenden con mayor rapidez si se mantienen fieles a su viento".

¿Cómo llega una mujer a saber cuál es su viento personal?

"Si la mujer se queda quieta y no se habla a sí misma, su viento la penetra".

¿Debe yacer desnuda?

"Eso ayuda. Especialmente si es tímida. Yo era una mujer gorda. No me había desnudado en mi vida. Dormía con la ropa puesta y cuando tomaba un baño lo hacía sin quitarme los calzones. Mostrar mi grueso cuerpo al viento era para mí como morir. El Naualli lo sabía e hizo las cosas así porque valía la pena. Conocía la amistad de las mujeres con el viento".

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miércoles, 5 de mayo de 2010

Dirección

"Un día me encontraba sola en la entrada de la casa", prosiguió Magaly. "Me estaba peinando al sol con el peine que me había dado el Naualli; no había advertido su llegada ni reparado en que estaba de pie detrás de mí. De pronto, sentí sus manos, tomándome por la barbilla. Lo oí cuando me dijo en voz muy queda que no debía moverme porque se me podía quebrar el cuello. Me hizo torcer la cabeza hacia la izquierda. No completamente, sino un poco. Me asusté muchísimo y chillé y traté de zafarme de sus garras, pero tuvo mi cabeza sujeta por un tiempo muy largo.

"Cuando me soltó la barbilla, me desmayé. No recuerdo lo que sucedió luego. Cuando recobré el conocimiento, estaba tendida en el suelo. El Naualli se había ido. Yo me sentía tan avergonzada que no quería ver a nadie. Durante una larga temporada di en pensar que el Naualli jamás me había torcido el cuello y que todo había sido una pesadilla".

Se detuvo. Aguardé una explicación de lo que había ocurrido. Se la veía distraída; quizá preocupada.

"¿Qué fue exactamente lo que sucedió, Magaly?" Preguntó Dilian, incapaz de contenerse. "¿Te hizo algo?"

"Sí. Me torció el cuello con la finalidad de cambiar la dirección de mis ojos", dijo Magaly, y se echó a reír de buena gana ante la mirada de sorpresa de Dilian.

"Entonces, ¿él...?"

"Sí. Cambió mi dirección", prosiguió, haciendo caso omiso de las inquisiciones. "Lo mismo harán contigo y con todos los demás".

"Es cierto. Lo harán conmigo. Pero, ¿por qué crees que lo hizo?"

"Tenía que hacerlo. Esa es, de todas las cosas que hay que hacer, la más importante".

Se refería a un acto singular que don Gaspar estimaba absolutamente imprescindible. Yo nunca había hablado de ello con nadie. En realidad, se trataba de algo casi olvidado para mí. En los primeros tiempos de mi aprendizaje hubo una oportunidad en que encendió dos pequeñas hogueras en los cerros de Oaxaca. Estaban alejadas entre sí unos seis metros. Me hizo situar a una distancia similar de ellas, manteniendo el cuerpo, especialmente la cabeza, en una postura muy natural y cómoda. Entonces me hizo mirar hacia uno de los fuegos y, acercándose a mí desde detrás, me torció el cuello hacia la izquierda, alineando mis ojos, pero no mis hombros, con el otro fuego. Me sostuvo la cabeza en esa posición durante horas, hasta que la hoguera se extinguió. La nueva dirección era la Sudeste; tal vez sea mejor decir que había alineado el segundo fuego según la dirección Sudeste. Yo había tomado todo el proceso como una más de las inescrutables peculiaridades de don Gaspar, uno de sus ritos sin sentido.

"El Naualli decía que todos desarrollamos en el curso de la vida una dirección según la cual miramos. Esa dirección termina por ser la de los ojos del espíritu. Según pasan los años esa dirección se desgasta, se debilita y se hace desagradable y, puesto que estamos ligados a esa dirección particular, nos hacemos débiles y desagradables. El día en que el Naualli me torció el cuello y no me soltó hasta que me desmayé de miedo, me dio una nueva dirección".

"¿Qué dirección te dio?"

"¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso piensas que el Naualli me dio una dirección diferente?"

"Yo podré decirte qué dirección me dará a mí".

"¡No me importa! De eso luego me enteraré a final de cuentas".

Parecía estar agitada. "¿Qué más te hizo el Naualli?"

"Tras cambiar mi dirección, el Naualli comenzó, a decir verdad, a hablarme del poder. Al principio mencionaba cosas sin propósito fijo, porque no sabía exactamente qué hacer conmigo. Un día me llevó a una corta excursión a pie por los cerros. Luego, otro día, me llevó en autobús a su tierra natal, en el desierto. Poco a poco, me fui acostumbrando a ir con él".

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viernes, 30 de abril de 2010

Cambio

La mescalera se quedó de pie observándome, mientras que Dilian se acercaba y se sentaba a mi lado. Me sonrió: "Al fin hemos regresado, maestro…" Yo no dejaba de ver a la mescalera, me parecía tan hermosa. Su larga falda se arrastraba con el suelo, y eso me daba la impresión de que flotaba, pero no fue así, una ráfaga de aire hizo que descubriera sus pies descalzos, cuando me dio la espalda; luego de que nuestras miradas se cruzaron, la mescalera se despidió de Dilian como si yo no existiera en aquel lugar. Parece que soy un ente invisible, le susurré a Dilian, mientras veía alejarse a la mescalera. "Está bien, no hay problema, maestro, simplemente hemos hecho un viaje cansado, y está agotadísima; créeme, tendrás tiempo de hablar con ella".

Enarqué las cejas. No lo podía creer, que yo sepa, la mescalera se había ido así sin más, enojada por mis actos. "Mira, maestro…" Dilian puso un libro sobre mi regazo. Era un libro de Paulo Coelho, se llamaba “Manual del guerrero de luz”, al mirar la portada, miré a Dilian. "Aunque no lo creas, este tipo debe ser un mescalero como nosotros, parte de sus frases se parecen a nuestro conocimiento…" La miré muy extrañado; que yo sepa, Coelho escribía cosas demasiado moralistas, desde mi punto de vista, y más a fondo, escribía lo que la gente en realidad quería leer: asuntos de superación personal, cuestiones de mercadotecnia y sobre todo asuntos meramente lucrativos. No lo creo, le respondí a Dilian, e hice a un lado el libro, al reprocharle que ella siempre encontraba similitud de nuestro conocimiento en libros “best-sellers”. Después le inquirí sobre su viaje, sobre su ausencia, ¿adónde había ido?

Dilian con toda la paciencia del mundo me contó sobre su viaje exclusivo con las mescaleras. Descubrió al lado de la Mescalera, Magaly y Yolanda, asuntos sobre su energía y poder interno, gracias al viento. Yo la escuchaba concentradísimo hasta que de repente me sacó de mis cavilaciones, pues me dijo que Magaly, como Huizache, le habló mucho acerca del Naualli. Magaly hacía bastante tiempo que no la veía, recuerdo que la última vez fue en Huajuapan de León. Ella me llamaba mucho con el nombre de Yef. Dilian dejó escapar una risita burlona, y comenzó a relatarme su encuentro con Magaly.

"Es tiempo de que sepas que el Naualli no es humano". Me dijo Magaly. Dilian le preguntó qué le lleva a decir eso. "Jaja, tú sabes muy bien, que el Naualli es un demonio desde quién sabe cuándo".

Dilian admitió que las palabras de Magaly le hicieron estremecerse. Sentía batir su corazón. Era indudable que la Huizache no podía tener mejor interlocutora. Estaba infinitamente intrigada y le ro­gó que le explicase lo que había querido decir con eso.

"Su contacto cambia a la gente. Tú lo sabes. Cambió tu cuerpo. En tu caso, ni siquiera eras consciente de que lo estaba haciendo. Pero se metió en tu viejo cuerpo. Puso algo en él. Lo mismo hizo conmigo. Dejó algo en mi interior, y ese algo me ha ocupado por entero. Sólo un demonio puede hacer eso. Ahora soy el viento del Norte y no temo a nada, ni a nadie. Pero antes de que él me cambiara, yo era una mujer débil y fea, capaz de desmayarse con sólo oír su nombre. Un día, el Naualli y Celestino vinieron a la casa, cuando yo estaba sola. Los oí, rondando como jaguares, cerca de la puerta. Me santigüé; para mí, eran dos demonios, pero salí a ver qué podía hacer por ellos. Tenían hambre y con mucho gusto les serví de comer. Al Naualli, al parecer, no le gustó la comida; no quería comer nada preparado por una mujer tan decrépita y, con fingida torpeza, hizo caer el tazón de la mesa con un movimiento del brazo. Pero el tazón, en vez de darse vuelta y derramar todo su contenido por el suelo, resbaló con la fuerza del golpe del Naualli y fue a caer exactamente a mis pies, sin que de él saliese una sola gota. En realidad, aterrizó sobre mis pies, y allí quedó hasta que me agaché y lo alcé. Lo puse sobre la mesa, ante él, y le dije que a pesar de ser una mujer débil y haberle temido siempre, le había preparado la comida con cariño.

"A partir de ese preciso momento, la actitud del Naualli hacia mí, cambió. El hecho de que el tazón de sopa cayese sobre mis pies y no se derramara le demostró que un poder me señalaba. No lo supe en aquel momento y pensé que su cambio en relación conmigo se debía a un sentimiento de vergüenza por haber rechazado mi comida. No percibí de inmediato su transformación. Seguía petrificada y ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos. Pero comenzó a prestarme cada vez más atención. Inclusive, me trajo regalos. Eso me hacía sentir terriblemente mal. Tenía vergüenza porque creía que era un hombre en busca de mujer. El Naualli disponía de muchachas jóve­nes, ¿qué iba a querer con una mujer como yo? Al princi­pio no quise usar, y ni siquiera mirar, sus regalos. Tam­bién comencé a temerle más y a no querer estar con él a solas. Sabía que era un hombre diabólico. Sabía lo que había hecho a su mujer".

No pude dejar de interrumpirla. Le dije que jamás había oído hablar de mujer alguna en la vida de don Gaspar.

"Sabes a qué me refiero".

Créeme, Dilian, no lo sé.

"No me engañes. Sabes que hablo de la Mescalera".

No quise forzarla a que me diese más información.

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domingo, 25 de abril de 2010

Fin del preludio de un Desconocido

“Aquél es conocido por quien cree no poder conocerlo; quien cree conocerlo, en verdad no lo conoce.
“
Aquél no puede ser comprendido por quienes pretenden conocerlo, precisamente porque lo toman como un objeto de conocimiento, como ocurre con un simple dato del mundo exterior.
“
Aquél es comprendido por quienes saben que no pueden conocerlo, pues estos intuyen que es el Sujeto absoluto.
“
Aquél no puede convertirse jamás en objeto de conocimiento.”

Kena-Upanishad

Estoy esperando a que todo esto acabe. ¿A qué me refiero si nada acaba? Si pienso por un momento, las cosas que aparentemente finalizan, están comenzando realmente. ¿Entonces por qué inicio de esta manera si sé que todo lo que finaliza comienza?

Estoy aguardando el momento de descifrar las cosas. ¿Ustedes pueden creer que todo lo que aprendí como mescalero se desvanece, y regresa ese mal hábito de comportarse como hombre común? Es muy extraño. Sí. Como cuando un maestro toma un curso y adopta el rol de estudiante, y actúa como tal: distrayendo, portándose renuente como un jovencito, ¡caramba! Sí, divago, lo sé, pero a qué voy… Pues, que yo me comporté [desde la desaparición de Dilian] como un sujeto extremadamente infantil.

“La gente va y viene”, le escribí un día a África, una chica distante con la que pude volver a expresar sentimientos raros, distantes como ella. Viví un periodo de confusión, no sabía si caminaba dormido o soñaba despierto, casi estaba seguro que vivía secuencias creadas por mi mera imaginación; incluso, por ello, solía preguntar intempestivamente a la gente: ¿Sientes que eres real? ¿Te sientes viva? Dejando un aire de estupidez en el subtexto de la conversación, debido a la ausencia o la lejanía de mi mente en el contexto situacional de mis acciones.

Recordé algunos preceptos de la ley, y para esto, África me sirvió mucho de soporte, aunque al final, le di tanto asco por mis ineptas cavilaciones acerca del mundo, que dio por acabado nuestros encuentros. Sí, sintió repulsión porque le dije que después de todo no se preocupara por mí, puesto que en este mundo todos somos unos desconocidos, incluso nosotros mismos, pues cuando te descubres realizando algo que jamás creías realizar, te sorprendes de ti mismo.

Bueno, lo menciono porque hasta con mis alumnos lo dije: Soy un desconocido. Vivo en un mundo en el que todos son unos desconocidos. Nadie termina conociendo a nadie, y sobre todo esa clásica frase de “cónocete a ti mismo”, es imposible, ¿por qué lo digo? Pues, porque jamás lo haremos, ni siquiera con un pariente o mucho menos con otra persona; fingimos conocer a una, como cuando le decimos: Híjole, no sabía que te gustaba la música de Madonna. Claro, si no se lo preguntamos o conocemos su reacción, jamás nos enteraríamos, pero el verdadero verbo que deberíamos aplicar sería el siguiente: IMAGINAR. “No me imaginaba que te gustaba la música de Madonna”.

Ahora voy comprendiendo [quizá ya tarde] el valor de la amistad. Voy comprendiendo también que no conoces a la persona totalmente [sé que finges hacerlo], sino que le das confianza de aunarla a tu microuniverso. Le das la oportunidad de existir y coexistir. Caray, decirle a África que era un desconocido fue un error garrafal. Basta de sutilezas.

Tras presenciar de lejos ese pequeño trance, mi doble regresó a mí. Fue cuando reapareció Dilian; sí, regresó, y me di cuenta que muchas cosas habían sucedido como si las hubiera soñado. Sin embargo, Dilian no reapareció sola, venía acompañada de otra persona.

Sí, una persona que se había ido así nomás: la mescalera. Y concluyo: viví una ilusión todo este tiempo, [cuando Dilian reapareció] me di cuenta que la mescalera se trataba de la misma persona. Sí. No era mi imaginación, no era una obsesión de ver aquel rostro en todas las personas.

¿Qué?

Espero no confundirles, pero la mescalera siempre había sido [la mujer que tanto amaba] una Huizache.

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